Salvo muy escasas excepciones, son legión los economistas, periodistas y políticos –tanto oficialistas como opositores– que afirman enfáticamernte que si nuestro país decide no pagar sus deudas sufriríamos un “desastre” porque quedaríamos “aislados del mundo” y nadie nos volvería a “financiar”, o sea, a prestarnos plata. Este acuerdo en que debemos “honrar nuestras deudas” es tan profundo que la ley enviada por el gobierno recibió el voto unánime de todos los partidos (excepto los dos diputados de la izquierda) en la Cámaras de Diputados y en el Senado. Vamos por partes.
Cuando se habla del “rebote económico” posterior a la crisis brutal de 2001, se dice que se produjo gracias a dos factores. Uno sería el “trabajo sucio” realizado por Remes Lenicov, el ministro de Economía de Duhalde, que derogó la Convertibilidad 1 peso = 1 dólar, y pesificó la economía de manera “asimétrica”, devaluando el peso. Además, se congelaron las tarifas de los servicios públicos privatizados y se aplicaron retenciones a las exportaciones para que el Estado se apropiara de las superganancias que lograban los exportadores gracias a la devaluación, y financiara un programa de ayuda a los desocupados. La economía dejó de caer en marzo de 2002 y comenzó a crecer el mes siguiente, claro que desde el sótano en el cual había caído por la crisis.
El otro factor, que explicaría el crecimiento económico “a tasas chinas” de los gobiernos kirchneristas fue el auge espectacular de los precios internacionales de las commodities que exportamos, especialmente la soja, que superó los 680 dólares por tonelada en 2012 (pero luego cayó en picada hasta fines de 2015).
Ambos factores hicieron su aporte al “rebote” y a las “tasas chinas”, pero lo que casi nadie dice es que otro factor fundamental fue que en diciembre de 2001 el efímero presidente Adolfo Rodríguez Saá y el Congreso declararon la “moratoria unilateral” – default– de la deuda de 102.000 millones de dólares de “bonos soberanos” (del Estado) en poder de acreedores privados. Esta situación se prolongó casi tres años, hasta que en marzo de 2005 se hizo el primer canje con los acreedores privados de 81.800 millones de dólares, con una quita de 65,4%. Casi todo el resto de la deuda se canjeó, también con quitas, recién en 2010, nueve años después del default.
¿Fue tan “desastroso” haber quedado “aislados del mundo”?¿Qué habría pasado si no se hacía el default y el país pagaba religiosamente esas deudas durante todos esos años? ¿Habría habido semejante “rebote”? ¿Habrían quedado en el país parte importante de los dólares de la soja, si no hubiese habido quitas importantes a los acreedores privados? ¿El prolongado default de nuestro país nos impidió comerciar con otros países, nos “aisló” del comercio internacional? La respuesta es NO.
Lo que SÍ se jodió fue el “acceso a los mercados”, pero ¿de qué “mercados” hablan los que sostienen que si ahora declaramos el default quedaremos “aislados” y vamos al desastre? De los mercados financieros: durante el default nuestro país no recibía ese tipo de “inversiones”, que son préstamos, pagarés, a menos que vinieran con unos intereses descomunales, endeudándonos más.
Ninguna economía nacional puede permanecer “aislada del mundo” porque necesita comerciar con otros países, comprarles lo que éstos producen y nosotros no producimos y venderles lo que nosotros producimos y ellos necesitan. En ese sentido, todas las economías nacionales son “dependientes”, y la más dependiente es la de Estados Unidos, que si dejara de comerciar con el resto del mundo sufriría una crisis mil veces peor que las nuestras. El problema es a qué “mundo” nos conviene estar “integrados”, y cómo.
Desde hace décadas la economía capitalista mundial está caracterizada por una hipertrofia descomunal del capital financiero. Para no tomar más que un dato, según el FMI el año pasado la deuda de hogares, empresas, bancos y gobiernos de todo el mundo rondaba los 250 billones (millones de millones) de dólares, más del triple del PBI mundial, que mide —bastante mal— al conjunto de la economía del planeta. Toda esa deuda son “pagarés”: bonos de los Estados y las empresas, rojos en tarjetas de crédito, etcétera, y pagarlos consumiría totalmente todo lo que produce el planeta durante tres años. Pero esos “pagarés” son apenas una parte menor del capital financiero, muchos más son los billones de dólares en “instrumentos financieros” de todo tipo: acciones, seguros, “futuros”, etcétera, etcétera. Y todos esos “papeles” están en manos de empresas dedicadas a las finanzas: bancos, fondos de inversión y otros engendros dedicados exclusivamente a venderlos, comprarlos y cobrar intereses. O sea, a la usura y la especulación, a parasitar al conjunto de la economía ganando plata sin producir absolutamente nada.
A este “mundo” nos integró Macri cuando construyó una especie de autopista de ida y vuelta, completamente “desregulada”, sin peaje ni límite de velocidad, para que los usureros trajeran dólares, los cambiaran por pesos (esa sí fue una “lluvia de inversiones”), colocaran esos pesos al interés más alto que encontraran en el país, se embolsaran esos intereses, cambiaran el capital y los intereses por más dólares y se los llevaran de vuelta a sus casas matrices cuando se les diera la gana. En la misma línea, permitió que las grandes exportadoras de productos agrarios, que cobran en dólares, no los trajeran de vuelta a la Argentina. La “tierra arrasada” que denuncia el actual gobierno y todos sufrimos es el resultado de este gigantesco saqueo de las riquezas que produjo nuestro país y de sus consecuencias: retroceso económico, deuda impagable, baja salarial y de las jubilaciones, despidos y miseria.
Uno de los argumentos para sostener que el default ocasionaría un “desastre” es que no tendríamos el “acceso al crédito” que Macri consiguió… y perdió. Es cierto que ahora nadie nos presta porque se sabe que el país no puede pagar sus deudas, pero… ¿qué beneficio pude tener que recuperemos el “acceso al crédito” cuando eso significa tomar más deuda de los mismos fondos de inversión y bancos intermediarios que, por su propia naturaleza de prestamistas, sólo traen dólares para llevarse más dólares? ¿Patear la pelota para que, más adelante, nos sigan saqueando peor de lo que ya lo han hecho?
Durante la campaña electoral, Alberto Fernández se comprometió a “honrar la deuda” con los usureros privados y con el FMI contraída por Macri, y ahora estamos negociando cómo hacemos para pagarla. Nosotros estamos en contra, pero no podemos acusar al Presidente de hacer algo diferente de lo que prometió. Lo que no está cumpliendo es la segunda parte de ese compromiso: no hacerlo a costa de más sacrificios de los trabajadores, los jubilados y el pueblo en general.
Pero si de negociar la deuda se trata, es mucho mejor defaultear primero y negociar después. ¿Qué pasaría si nuestro país pone a los acreedores ante la siguiente disyuntiva: o ustedes aceptan quitas en el capital, baja de los intereses y alargamiento de los plazos o no cobran ni un dólar del capital ni de los intereses por tiempo indefinido, ni nosotros pagamos ningún juicio adverso en el país ni en el extranjero? ¿Nuestros acreedores no serían mucho más “sensibles”?
Juan Carlos Pugliese, ministro de Economía de Alfonsín, cuando les pidió a los empresarios que colaboraran con el gobierno y éstos le cortaron el rostro, acuñó una frase que pasará a la historia de la charlatanería radical: “Les hablé con el corazón y me respondieron con el bolsillo”. ¿Qué esperaba? ¿Que los empresarios sacrificaran parte de sus ganancias? ¿Que dejaran de actuar como lo que son, como miembros de la clase social capitalista, que sólo invierte para conseguir ganancias?
¿El gobierno quiere negociar la deuda en las mejores condiciones? Entonces, que les hable a los acreedores “con el bolsillo” declarando el default, y puede ser que así les ablande “el corazón”.


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