BRASIL UNA MASACRE DE POBRES

La lucha contra el narcotráfico es bandera de guerra contra los trabajadores migrantes en Estados Unidos y contra los pueblos de la región

En poco más de dos meses, el ejército de Estados Unidos realizó una veintena de ataques en aguas del Caribe y el Pacífico contra pequeñas lanchas, con un saldo por ahora de setenta muertos. Los tripulantes son ejecutados, bajo sospecha y sin ninguna prueba, de ser narcotraficantes. Trump ordenó estas operaciones supuestamente para impedir el ingreso de drogas en su territorio.

El ataque, sin previo aviso, es directo a cualquier lancha que navegue en esas aguas. Se debe suponer que son movimientos detectados de los carteles que operan en la zona, y si se asesinan pescadores sin conexión con el tráfico de drogas, serán un daño colateral. A Trump no lo detienen esos detalles, menos que menos se preocupa por la diplomacia o por los caminos institucionales o de la ley; utiliza todas las armas, por eso avanza en acusar públicamente de “líder del narcotráfico” al presidente de Colombia, Gustavo Petro, y de firmar sanciones contra el mandatario, su familia y colaboradores para impedirle el ingreso a Estados Unidos, entre otras medidas.



Una de las razones, que desencadenó esta acusación de Trump contra Petro fue la campaña petrista contra Estados Unidos, el lobby sionista y el Estado de Israel por su responsabilidad en el genocidio de palestinos en la Franja de Gaza. Otros motivos como el creciente interés del gobierno de Trump para lograr un mayor control político, económico-financiero (saqueo) y militar en la región, necesita de gobiernos serviles, como el de Milei, y que no traten de mantener algún grado de independencia, como el de Petro en Colombia o el de Lula en Brasil.

El chantaje, las amenazas y la extorsión constituyen la moneda corriente de Trump para obtener réditos del poder que le confiere ser presidente de los Estados Unidos. En ese marco, donde arremete contra todo lo que se interponga en su camino, logró, por ejemplo, que en el Senado los republicanos votaran en contra de una ley que limitaba el margen del presidente para atacar Venezuela, entendiendo que los ataques en el Caribe preanunciaban uno de mayor envergadura directamente contra el régimen de Nicolás Maduro. De esta forma, el apoyo del Senado se suma a los ataques a lanchas, al despliegue de una fuerza militar inusualmente importante, incluido el portaaviones más poderoso y grande el mundo que se traslada desde el Mediterráneo al Caribe.

El lenguaje se repite: embarcaciones narcoterroristas, dictaduras narco, guerra híbrida, los “días contados para Maduro como presidente de Venezuela”, en una nueva escalada para un conflicto armado, cuando todavía no se seca la sangre de miles de palestinos derramada en Gaza.

Muchos analistas hacen sus especulaciones académicas al respecto. Se refieren al dilema de una dominación “sobreextendida” de los Estados Unidos, con más de 700 bases militares desplegadas en todo el planeta, de que se reducen las posibilidades de sostener esa estructura de dominación con la creciente competencia de nuevas potencias, como China. Donde se agudiza la pelea por los recursos y materias primas de América latina y el Caribe. Lo que explicaría que Washington repliegue fuerzas desperdigadas en el mundo a la vez que las concentra en su región de influencia, desde México en el norte hasta Argentina y Chile en el sur.

Cuando Trump le vende, en primer lugar a su electorado, pero también al mundo, la falsa idea de que está luchando contra el narcotráfico, busca no solo avanzar en su cacería contra migrantes y despliegues inconstitucionales de la Guardia Nacional por todas las ciudades norteamericanas; también busca consolidar la dominación política, económica y militar en la región.

Una región donde crece la desigualdad, la desocupación y la pobreza, pero con recursos naturales que el capital financiero-tecnológico monopólico y la industria militar imperialista necesitan para desarrollarse.

La masacre que ejecutó en las favelas el gobernador del Estado de Río de Janeiro es un ejemplo más de para qué sirve la política trumpista de “lucha contra el narcotráfico.

Brasil: una masacre de pobres

La reciente y trágica masacre de Río de Janeiro también es consecuencia de esta escalada de guerra trumpista bajo la caricatura de “lucha contra el narcotráfico”.

La guerra de Trump y de los intereses que este gobierno representa, los del capital financiero, bancario e industrial más concentrado (Wall Street y Silicon Valley), está dirigida contra las masas asalariadas y populares que resisten la aplicación de planes de hambre contra sus salarios, contra sus condiciones laborales y su nivel de vida. En ese contexto, la ofensiva antiobrera y racista se dirige en primer lugar contra los sectores sociales más desprotegidos y más débiles: los migrantes y la clase obrera norteamericana por un lado; y las masas populares de la región por el otro.



Una ofensiva que no tiene fronteras, como se puso en evidencia el último 28 de octubre en las favelas de Río de Janeiro, una de las ciudades más importantes de Brasil, donde quienes viven son mayoritariamente trabajadores que bajan de los morros para ganarse el pan y ser doblemente explotados si no pueden ocultar que viven en una favela. Allí, en los complejos Alemão y Penha, se llevó adelante un operativo policial ordenado por el gobernador bolsonarista Cláudio Castro, en el que bajo la bandera del combate al narco se ejecutó a más de cien jóvenes y una cantidad similar fueron apresados.

A las pocas horas de iniciado el operativo, los medios de comunicación no pudieron evitar mostrar el horror de la violencia desatada; los vecinos y familiares se ocuparon de rescatar y ubicar los cuerpos de los muertos a lo largo de la calle central de la favela. El saldo trágico de esa operación ejecutada por las Policías Militar y Civil de Río, es considerada la más mortífera de la historia de Brasil.

La imagen no fue muy distinta de las viralizadas por los palestinos en Gaza.

El narcotráfico opera en esas barriadas populares como también lo hace en los barrios lujosos, donde el capital bancario y financiero crecen al compás de la actividad bursátil, de la especulación, el lavado, los créditos usureros, las apuestas de juego, el casino y las operaciones inmobiliarias. Pero en esos asentamientos informales, donde reina la precariedad, cuando se ejecutan este tipo de operativos, que no son ninguna novedad, la población de la clase trabajadora queda en la línea de fuego entre las fuerzas policiales y las facciones criminales.

En este último episodio de barbarie, el gobierno del bolsonarista de Castro actuó seguramente buscando otros intereses: desprestigiar el gobierno nacional de Lula, su enemigo acérrimo, cuando están próximas las elecciones de 2026. Aparecer como un digno alumno del poder imperialista de Trump, al disfrazar de guerra contra el narco una demostración de fuerza militar, de decisión de exterminar, en un terreno donde se juntan todas las miserias creadas por el dominio del capital y las poblaciones más vulnerables.

El uso de la justificación del “narcoterrorismo” es el estilo de Trump, que utilizó para provocar militar y políticamente a Venezuela y Colombia, buscando desestabilizar a sus gobiernos y ejercer influencia directa sobre ambos países. El lazo común es la utilización de métodos de guerra para ejercer el poder.

La acción de la Policía Militar de Río de Janeiro, donde no se pudieron apresar a la mayoría de los supuestos jefes de la droga, fue considerada una farsa por muchos medios de prensa locales. “La política de ‘guerra contra las drogas’ o ‘guerra contra el crimen’ tiene el único objetivo de escalar la militarización de estas comunidades y ampliar el genocidio de los jóvenes pobres y negros en las zonas desfavorecidas de Brasil,” como lo señalan activistas brasileños.

“Democracia” y “humanitarismo”, dos banderas del imperialismo manchadas de sangre


Mientras se sigue mostrando a Estados Unidos como modelo de democracia, y al conjunto de las llamadas “democracias burguesas” como el mayor logro para defender derechos, se intensifican los métodos policiales, represivos e incluso genocidas, mientras crece la cantidad de pobres en las cárceles y el despotismo militarista.

El sistema capitalista-imperialista impuesto en todo el planeta es sinónimo de concentración económica, de monopolización y de dominio del capital financiero sobre toda la economía mundial. No se cartelizó solo el negocio de la droga; los holdings, los cárteles o los trusts son las formas concretas de ese proceso que constituyen la regla, no la excepción, en todas las ramas de la economía, desde la industria de la alimentación hasta la “industria” de la ayuda humanitaria. El dominio monopolista es absolutamente contrario a la democracia, a la república democrática capitalista.

En 1950 ya se había promulgado en Estados Unidos la primera ley de seguridad interna que tuvo como objetivo destruir el Partido Comunista, y a la vez restringir las actividades de las organizaciones progresistas. Las banderas de la lucha contra el comunismo fueron usadas para crear un clima de histeria anticomunista y odio racial, mientras en el “país de la libertad” solo crecían las grandes fortunas pero decrecían los salarios, aumentaba la explotación de la clase trabajadora y la miseria del pueblo empobrecido. Setenta años después, en los gobiernos de Trump se buscó el mismo clima de odio de clase y racial, en particular en esta segunda presidencia, apoyada por el puñado de billonarios que, como Trump, hicieron crecer sus fortunas un 40% en el último año, mientras en el otro polo crece el hambre y la cantidad de norteamericanos sin techo.

Bajo la ofensiva del capital, la intensificación de la opresión se manifiesta en los más diferentes aspectos de la vida y de la actividad sindical, ciudadana, personal, familiar, religiosa, cultural o científica. Abarca a la mayoría de los sectores sociales, asalariados, profesionales, jubilados, desocupados, trabajadores precarizados, estudiantes, docentes, amas de casa. Se incrementa la falta de derechos, la arbitrariedad y fundamentalmente la violencia; junto a la dependencia económica y política de una mayor cantidad de países. Todo lo contrario a la democracia y a una globalización que supuestamente daría igualdad de condiciones y oportunidades para intervenir en el comercio mundial.

El genocidio en Gaza, ejecutado por el Estado sionista de Israel para destruir a Hamas, que era el gobierno y la organización militar de la resistencia palestina en Gaza, fue apoyado por todas las potencias imperialistas, con Estados Unidos al frente, con las banderas de “combatir al terrorismo” y “defender el derecho a existir” de ese “único estado democrático de medio Oriente”. Unas banderas que quedaron a la vista de todos completamente empapadas en la sangre de decenas de miles de civiles, más de la mitad de ellos mujeres y niños… hasta que enormes marchas de repudio al genocidio se extendieron por el mundo entero y obligaron a Israel a renunciar (por ahora) al verdadero objetivo del genocidio: volver a despojar de sus tierras a los palestinos, como lo ha venido haciendo desde su fundación.

La alternativa para las masas trabajadoras y populares está en la denuncia, la organización y la lucha contra todas las manifestaciones de injusticia y de barbarie, como esta última sucedida en las favelas de Río, y donde ningún trabajador debería dejar de expresar su más profundo repudio y la más grande solidaridad frente al trato bestial y asesino que la policía hace objeto al pueblo.

Solo meses antes fue en la Plaza de Congreso de la ciudad de Buenos Aires, con el gas y los golpes contra los jubilados; luego fue contra los hinchas de los clubes de fútbol que apoyaban la lucha de los jubilados; después contra los periodistas que documentaron la represión; más tarde contra el movimiento de los discapacitados, contra los estudiantes universitarios, contra las comunidades LGBT, contra las mujeres, contra los trabajadores del hospital pediátrico más importante del país, y van por todos los derechos sindicales y laborales.

En vista de que el gobierno de Trump pasó del chantaje y la extorsión a los ataques directos contra las lanchas que navegan en el Caribe y el Pacífico, donde los pescadores ejercen su actividad, y que también intensificó las injerencias directas contra los gobiernos soberanos de Colombia y Venezuela.

Que los gobiernos serviles al imperialismo, como el del gobernador de Río de Janeiro, con el mismo justificativo de la guerra contra el narco, ordenó una masacre en las favelas.

Que el presidente de la Argentina, Javier Milei, a quien buscan convertir en ejemplo mundial, ejerce una creciente política represiva contra los sectores vulnerables, los niños, los jubilados y los discapacitados.

Los trabajadores de la región a través de sus organizaciones sindicales, barriales, movimientos sociales, campesinos, etcétera, deberían hacer suyos cada reclamo de justicia, esclarecimiento y condena de los responsables de la masacre en Río de Janeiro: desde la destitución del gobernador hasta el castigo de los responsables policiales. Los reclamos de las familias de las víctimas de las favelas deberían convertirse en bandera de las luchas desde el Caribe hasta el extremo sur de América Latina.

Cada una de las operaciones policiales y militares contra la vida e integridad de los trabajadores y las masas populares debe ser denunciada, repudiada hasta convertirla en acciones masivas de lucha.

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