La toma del poder por vía insurreccional

Por: Mónika Rodríguez

Entre las lecciones de octubre que preocupan a la burguesía imperialista y colonial, a los reformistas y oportunistas, a la burocracia y, en general, a todo aquel que tenga privilegios, es el de la violencia revolucionaria cómo método para conquistar el poder. Han intentado borrar de la memoria colectiva de los oprimidos y explotados la necesidad de la destrucción del estado burgués y con ello la tradición revolucionaria de “una fuerza especial de represión[1]” de la clase oprimida para lograrlo. Decía Lenin:

La doctrina de Marx y Engels sobre la ineluctabilidad de la revolución violenta se refiere al Estado burgués. Este no puede ser sustituido por el Estado proletario (por la dictadura del proletariado) mediante la “extinción” [progresiva, gradual, “desde adentro”], sino sólo, como regla general, mediante la revolución violenta[2].

Y resumía su idea trazando que los revolucionarios tenían “la necesidad de educar sistemáticamente a las masas en esta idea de la revolución violenta, y precisamente en ésta, es la base de toda la doctrina de Marx y Engels”[3].

Es decir, tanto para Marx como para Engels, como regla general, existe una relación directa entre el objetivo de la lucha y el método. En este caso la destrucción del capitalismo requiere la toma violenta del Estado, por la vía insurreccional.

LA REVOLUCIÓN RUSA DE 1917


Al igual que la guerra, la gente no hace por gusto las revoluciones. La diferencia consiste en que el papel decisivo de una guerra lo desempeña la compulsión; en las revoluciones, en cambio, no actúa la compulsión sino las circunstancias. Una revolución se produce cuando ya no queda otro camino[4].

(...) Pero nunca en la historia un régimen social ha triunfado sobre otro sino a través de una insurrección de masas[5].

La conclusión a la que habían llegado Marx y Engels al estudiar las revoluciones que precedieron a la Rusa –en especial la Revolución Francesa–, de que ninguna clase social ni estado dominante –esclavistas, feudales, o capitalistas– concederían jamás el pleno goce de los derechos políticos y económicos a las clases dominadas –esclavos, siervos o proletarios– por la vía pacífica, se manifestó esencialmente correcta durante la toma del poder en octubre de 1917 por los soviets de obreros, soldados y campesinos, y posteriormente en la defensa de ese nuevo estado dirigido por los trabajadores.

Las condiciones excepcionales en las que se desenvolvió la primera revolución obrera, en medio de la primera guerra mundial o guerra de rapiña, que sacrficaba la vida de millones de obreros y campesinos para que un puñado de burgueses imperialistas se enriquecieran, condujo a que la derrota del zarismo en febrero, y luego la toma del poder por los trabajadores, en octubre de 1917, se hizo casi sin derramar sangre, en especial por el apoyo de los soldados y marineros que se negaron a seguir combatiendo a sus hermanos de clase de los países europeos y optaron por voltear sus fusiles contra los explotadores de sus propio país, en el caso de Rusia contra el zarismo.

Sin embargo, la violenta reacción de la burguesía, de los terratenientes, de las fuerzas zaristas derrocadas en febrero y del imperialismo por que el Estado siguiera en su manos, contra el naciente Estado proletario, obligó a los obreros y campesinos a defender el poder recién conquistado a través de una sangrienta guerra civil que duró nueve meses y sacrificó a lo mejor de la vanguardia revolucionaria. León Trotsky el organizador del ejército rojo denunciaba la ofensiva en contra de la revolución:

¡Obreros! Como un perro feroz desatado de su cadena, toda la prensa capitalista de sus países aúlla por la intervención de sus gobiernos en los asuntos de Rusia, y grita con voz ronca “Ahora o nunca”... Fusilan a los trabajadores de los Soviets en el ferrocarril de Murmansk, del que se han apoderado. En el Ural, destruyen los consejos obreros, fusilan a sus representantes por medio de los destacamentos checoslovacos contratados con el dinero del pueblo francés, dirigidos por oficiales franceses. Por orden de sus gobiernos, le cortan al pueblo ruso las entregas de trigo, para forzar a los obreros y los campesinos a atarse nuevamente la soga al cuello de las Bolsas de París y Londres[6].

Ante esta brutal contraofensiva, de nuevo y como en octubre del 17, fueron las masas de obreros, campesinos y soldados, que, por defender su vida y su bienestar, la posición adquirida y la tierra conseguida durante la revolución, los que derrotaron –armas en mano– el intento de la contrarrevolución nacional e internacional contra la Rusia soviética.

Los mejores hombres, los avanzados, los más idealistas entraron en nombre de una idea, a la lucha por el socialismo, por el nuevo mundo del trabajo emancipado, y el entusiasmo de estos hombres fue la fuerza organizadora alrededor de la cual se agrupó toda la resistencia de la república frente a las fuerzas de la contrarrevolución. Esto creó la voluntad de victoria que forjó al Ejército Rojo y, a pesar de las privaciones tan severas, a pesar de las derrotas, coronó la lucha con una victoria de una importancia histórica trascendente’[7].

Todas las revoluciones triunfantes necesitaron de la violencia para la toma del poder y para mantenerlo. Robespierre en la revolución francesa, Bolívar en la gesta libertadora, Lenin y Trotsky en la revolución rusa, Mao en la revolución China, Fidel Castro en la cubana, aplicaron el mismo principio: cuando se entra en un período revolucionario todo se resuelve con las fuerzas en lucha y nada con las normas.

Fue así como las masas rusas, chinas, cubanas, lograron una vez destruido el poder del burgués, salir del atraso y miseria milenarias. En 40 años, Rusia pasó de ser el país más atrasado en Europa a ser una potencia mundial, y Cuba, a pesar del criminal bloqueo, pudo resistir y producir avances reconocidos mundialmente en salud, ciencia, deportes.

Estos triunfos permitieron el avance en la conciencia de los trabajadores y de los pueblos oprimidos, pero hoy con su derrota, especialmente de la URSS, esa conciencia retrocedió siglos, permitiendo el surgimiento de nuevas-viejas ideologías que preconizaban el fin de la historia y el triunfo indiscutible del capitalismo sobre el socialismo. y según las cuales la tarea central sería, entonces, reformar el capitalismo, humanizarlo, renunciando con ello a la necesidad de su destrucción.

¿DESTRUIR EL CAPITALISMO O REFORMARLO?


Como decíamos al comienzo de estas notas, hay una relación directa entre los objetivos y sus métodos. La destrucción del estado burgués, como lo ha demostrado la historia hasta nuestros días, solo es posible mediante la revolución violenta. Sin embargo, hay quienes plantean que eso es posible a través de una vía reformista, pacífica, parlamentaria, lo que hasta ahora nunca ha sido demostrado en la realidad de la lucha de clases; por el contrario, “cada vez que las clases explotadas, por no aplicar esas inexorables leyes de las revoluciones y dictaduras revolucionarias, fueron “magnánimas”, “humanas”, “consideradas”, “normativas”, “jurídicas”, “democráticas” con la contrarrevolución, ésta siempre triunfó”.[8]

Hoy ante las trágicas consecuencias para los pobres y oprimidos del mundo de la combinación pandemia y crisis económica, que ha arrojado a millones a la miseria e indigencia, es imperioso preguntarse si es posible reformar este sistema o tenemos que destruirlo. Cabe también la pregunta de si es posible destruirlo con teleconferencias y filantropismo, o si lo que está planteado es retomar las lecciones de la comuna de París, de la Revolución Rusa, china y cubana.

[1] Lenin, V. I. El estado y la revolución, pág. 21.
[2] Ibídem, pág. 24.
[3] Ibídem. Pág. 25.
[4] Historia de la Revolución Rusa. León Trotsky. Tomo III pág. 223.
[5] Ídem
[6] Lenin, Chicherin, Trotsky. Manifiesto: “A las masas trabajadoras de Francia, Inglaterra, América e Italia”. Octubre de 1918.
[7] Trotsky, León. “Cómo se armó la revolución”. Escritos militares de León Trotsky, selección. No hay frentes pero hay peligro. Ediciones del IPS. CEIP “León Trotsky”. 2006. Pág. 439.
[8] Moreno, Nahuel. Dictadura revolucionaria del proletariado. 1978. Pág. 20.


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